En la rehabilitación de la Alameda de Hércules en Sevilla se ha pavimentado el suelo con un adoquín especialmente diseñado y acabado con una capa de un color ocre parecido al del albero preexistente. Gracias a su forma de doble rombo las piezas se ensamblan formando juntas en zig-zag y se adaptan fácilmente a las suaves ondulaciones de la topografía. Ello ha permitido liberar las columnas de rejas y fosos y hundir muy sutilmente el pavimento que las rodea para que las recoja a ras de su base. La mayor parte de la superficie es ahora exclusivamente peatonal, salvo las dos vías laterales, donde la circulación de vehículos se ha reducido a la mínima expresión. El pavimento cubre indistintamente ambas zonas y los pasos rodados sólo están delimitados por hitos de hormigón del mismo color ocre. Los hitos emergen del pavimento como si fueran el resultado de la extrusión vertical de un módulo de seis adoquines.
El nuevo firme de adoquines ha sustituido el característico albero, conservando su color, su ductilidad y su continuidad, pero dejando atrás su falta de consistencia, el barro y el polvo. El hecho de que los adoquines se adapten indistintamente a diferentes situaciones, como en las áreas exclusivamente peatonales o en las zonas de paso de vehículos, ha permitido que el espacio adquiera una apariencia mucho más unitaria. Gracias a la adaptabilidad topográfica de su aparejo, han liberado el paseo de barreras arquitectónicas y de obstáculos como rejas y fuentes, permitiendo que se puedan celebrar en ese espacio eventos multitudinarios. Pero, gracias a la expresividad de los dibujos azules y blancos que señalan las fuentes, el espacio ha ganado unidad y versatilidad sin convertirse en un lugar desangelado.