Crear felicidad, el fin de la arquitectura: Legorreta

Crear felicidad, el fin de la arquitectura: Legorreta

13/06/2011

 

 

Si algo ha caracterizado las obras de Ricardo Legorreta (México, 1931) ha sido la audacia. Como vibrantes testigos están, entre otras edificaciones, el hotel Camino Real, el Conjunto Juárez o el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de México, campus Santa Fe, los tres en la Ciudad de México.

 

Recientemente, el rector de la UNAM, José Narro, le entregó el Premio Nacional de Arquitectura, reconocimiento conferido por la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México, galardón con un valor especial porque “cuando tus colegas te reconocen es todavía más meritorio, porque entre nosotros siempre hay competencia y rivalidad”.

 

Sus proyectos, amalgama de modernidad y tradición, han sido calificados como geniales, Legorreta, sin embargo, no cree en los genios y sí en el trabajo en equipo. Como muestra está la colaboración constante con grandes artistas plásticos como Mathias Goeritz, Alexander Calder, Francisco Toledo y Javier Marín. Sobre esto, así como de la función de la arquitectura habla en la siguiente entrevista.

 

Alguna vez dijo que el arquitecto era un hacedor de sueños, ¿sigue pensando igual?

 

Para mí sigue siendo cierto. Esa descripción es muy exacta. El arquitecto es un hacedor de sueños porque su deber es captar el sueño del cliente y hacerlo realidad, con mi lenguaje pero hacer realidad su sueño.

 

“Una de las grandes felicidades de la gente es tener un lugar donde sea feliz y una de mis más grandes satisfacciones ha sido cuando los clientes me dicen ‘estamos felices’. Esa es para mí la maravillosa función de la arquitectura: hacer feliz a la gente.

 

“Desgraciadamente vivimos en una época en la que todo se valora por dinero, pero la arquitectura no debe obsesionarse con el dinero. La Ciudad de México, por ejemplo, debería estar planeada para hacer feliz a la gente.”

 

Eso es en cuanto a los sueños de otros, pero ¿tiene usted algún sueño pendiente?

 

En este momento mi sueño es un proyecto muy importante en el que estamos trabajando. Un complejo para una compañía de sistemas de computación, son 150 mil metros cuadrados de oficinas. Es un monstruo. La obra está planeada para terminarse en diez años. Las personas que van a ocupar el primer edificio tienen ahora 25 años, pero tengo que pensar que cuando lo ocupen van a tener 35 años. Que sueño más maravilloso.

 

¿Será esa “la obra de su vida” o es alguna de las que ya ha hecho?

 

Una vez me preguntaron cuál era mi obra consentida. Junto a mí, estaba mi hijo Víctor (también arquitecto y socio de la firma Legorreta) y contesté ‘mi obra preferida está sentado frente a ti’. Trabajar con mi hijo y establecer la relación que tenemos ha sido una bendición. Hay discusión, encuentro y hasta enfrentamiento, pero es maravilloso. Me ha confirmado lo importante que es trabajar en equipo.

 

Ha hecho equipo con muchos artistas plásticos, ¿cómo ha sido esa relación?

 

Muy cercana. Siempre me ha gustado muchísimo el arte, sobre todo el mexicano, y desde el principio de mi carrera descubrí que no se debe hacer arquitectura y después ir de compras de arte. No es un asunto decorativo. Quien mejor ha descrito está relación es Francisco Toledo cuando dijo ‘Legorreta se dio cuenta de que la arquitectura es demasiado importante para dejarla en manos de los arquitectos, por eso llama a los artistas’.

 

“La colaboración con artistas plásticos mexicanos ha sido de lo más enriquecedora. Su contribución ha sido valiosísima para ambas partes. Ha habido un apoyo recíproco. Es una delicia trabajar con artistas.”

 

En la era de la globalización, ¿cómo ha logrado mantener ese sello mexicano sin perder la modernidad?

 

Yo soy un convencido de que México forma parte del mundo, para nada pretendo que estemos aislados, pero una cosa es globalización y otra cosa es la universalidad. La arquitectura de México debe ser universal. Nuestros escritores lo han demostrado: Octavio Paz, Carlos Fuentes y hasta podríamos decir que García Márquez, a quien considero mexicano, son universales y siguen siendo muy mexicanos.

 

“Todos tenemos un lenguaje propio, no podemos volvernos suecos o europeos de repente. Eso ha sido un error de la globalización. México tiene unos valores arquitectónicos tremendos, reconocidos en el mundo. Somos un país de arquitectos.”

 

Un hotel de ensueño

 

Aunque niega tener una obra preferida, algunas de sus edificaciones le son entrañables porque le traen recuerdos muy especiales de su vida personal. Es el caso del hotel Camino Real, en la Ciudad de México, construido en 1968 en colaboración con el arquitecto Luis Barragán.

 

“Yo era un atleta, extraordinariamente fuerte, y era muy soberbio. En ese tiempo estuve a punto de morirme, me salvé milagrosamente. Dos meses después de eso, me dieron el proyecto del hotel, lo que había pasado me hizo cambiar mi vida y pensé ‘voy a hacer algo por México. Este hotel va a ser una representación de lo que es mi país’.

 

“Se convirtió en una casa que ofrecía la vida mexicana. El dinero lo invertimos en el espacio, no en los materiales. Recuperamos el placer de caminar, de perdernos...

 

“Esa construcción rompió con los cánones de entonces en la hotelería y eso descontroló a mucha gente, pero no lo hice sólo por hacer algo nuevo. En ese proyecto hubo muchos sueños envueltos y una buena dosis de valentía.”

 

 

http://www.milenio.com

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